miércoles 18 de noviembre de 2009

LA GESTIÓN DE LA REALIDAD

Hablar a fondo en el corto espacio que permiten estas líneas de cómo y quién establece la realidad cultural —y específicamente literaria— de Canarias parece tarea de antemano condenada al fracaso. Para empezar limitemos bien el campo de nuestra crítica. ¿A qué «realidad cultural» se hará referencia aquí? El siglo XX ha visto pasar los totalitarismos duros, el XXI está viendo cómo se instauran los totalitarismos de ideologías gelatinosas —para usar la expresión de Caludio Magris —. Esta ideología blanda consiste en que la ciudadanía cree desear y acepta como realidad lo que los gobernantes y sus formas de extensión ideología —instituciones de gestión cultural, televisiones, radios, periódicos— consideran oportuno a cada momento.

Puestas en manos de los medios de gestión y comunicación más o menos estatalizados la cultura corre el riesgo de convertirse en un vulgar reflejo de las necesidades operativas de las instituciones. En última instancia el periodista que debe escribir cada día una noticia comprende bien para quién trabaja. Un «error» en su perspectiva de análisis lo colocaría en una posición comprometida. Un segundo error le granjearía el despido o algo peor. En este contexto de trabajo, el periodista y el gestor  culturales han aprendido como único método de salvación a diferenciar entre noticias y gestiones resistentes a los caprichos del poder y noticias y gestiones delicuescentes. El totalitarismo blando y esponjoso comienza así en los teclados de un redactor de televisión, por ejemplo, mediante el mecanismo de la autocensura. Tal mecanismo sumado al proverbial desconocimiento del que hacen gala tanto el periodismo como la gestión pública cultural canarios cuando se enfrentan al espacio literario —la lectura seria impone una disciplina que las demás disciplinas dispensan— promueve una realidad que si no es falsa, resulta, cuando menos, superflua e inexacta.

La consecuencia más importante de esta auto-mutilación ideológica es la deserción en los medios gestores e informativos de los verdaderos creadores y críticos de cultura de Canarias, aquellos que no se encuentran si no se establecen unas pautas de investigación mínimas y, sobre todo, serias. Eso cuando no han sido apartados de forma programática en razón de sus conductas abiertamente resistentes. Nuestros verdaderos y probados hombres de letras —para usar un viejo término comprensible por todos— perciben a kilómetros la desprofesionalización de tales medios de referencialidad pública y rechazan, por lo general, la aparición radiofónica, televisiva e institucional. Pero ¿por qué sucede en realidad esta deserción?

La respuesta es como sigue. La segunda consecuencia es la sustitución de la excelencia en favor de todo aquello que la mera criba del tiempo hará desaparecer en la historia de la ramplonería. Una multitud variopinta de escritores de segunda y tercera fila que aprovechan un nicho de información y plasmación pública abandonado y que debe ser completado a toda costa. Es de este modo como aparecen en los medios autores y creadores que en la mayoría de casos no han sido siquiera considerados en casi ninguno de los estudios serios sobre la materia. Se trata de un fenómeno que Nietzche expresaría del siguiente modo: la irrupción del diletantismo en el escenario principal de la tragedia.

El resultado final que acarrean tanto la deserción como la sustitución es la creación de un estado de cosas que presenta la supervivencia agónica de la cultura literaria como una «realidad» normal y autónoma, es decir, hecha a sí misma, lo cual es una falsedad, porque se trata de un estado cultural que ni es real ni es soberano de su realidad. Lo que los medios de gestión y comunicación nos presentan como panorama literario realizado no es más que la expresión de una trampa cuyo responsable, en realidad, no existe. Si en términos filosóficos la realidad no es más que una interpretación de lo existente, una realidad establecida tal como se ha explicado, es decir, establecida en precario, es menos que una realidad. Es una representación de títeres absurda y vacía.

miércoles 11 de noviembre de 2009

POESÍA ESPAÑOLA CONTEMPORÁNEA

La reflexión desarrollada en este volumen (423 páginas) parte de la recepción polémica de Las ínsulas extrañas, antología de poesía en lengua española (1950-2000), editada por E. Milán, A. Sánchez Robayna, J. A. Valente y B. Varela, poetas que optaron solidariamente por presentar un conjunto programático de poesía independiente, transgresora del canon mimético mayoritario, arraigada en la ‘tradición moderna’ cuya larga historia rebosa las fronteras nacionales y la misma literatura. La controversia se extendió a la antología La otra joven poesía española, publicada por A. Krawietz y F. León, que seguía la pauta trazada por los maestros. Se cuestionó los ‘principios modernos’ poéticos y artísticos en general. Nos pareció oportuno preguntarnos cómo se pueden entender aquellos principios y por qué han despertado tanto recelo en sectores influyentes de la crítica española. Hemos interrogado a poetas representados en estas citadas antologías y a otros más independientes, afines o escépticos. J. Doce, A. Gamoneda, J. A. García Román, A. Krawietz, F. León, M. López, J. A. Masoliver, E. Ortega, P. Provencio, J. L. Rey, J. Riechmann, A. Sánchez Robayna, V. Valero han expuesto cada uno su punto de vista, ilustrándolo con una selección de poemas. A la vez, críticos conocidos por sus estudios sobre la modernidad poética como J. Ardanuy, A. Domínguez, M. Fernández Casanova, M. E. Erretche, J. Mayhew, V. Nardoni, E. Ortenga, J. Pont, L. Romera, proponen según distintos enfoques contribuciones panorámicas o centradas en determinados poetas, muy leídos o menos leídos, mayores y jóvenes. Nuestra intención es contribuir a la valoración de la mal querida modernidad española.
ELSA DEHENNIN y CHRISTIAN DE PAEPE

Secretaría de readcción:
María Eugenia Ocampo y Vilas - Foro Hispánico
Universiteit Antwerpen
CST - Departamente Letterkund (Gebouw D -113)
Grote Kauwenberg 13
B - 2000 Antwerpen
Bélgica

martes 27 de octubre de 2009

VOLVER, SOÑAR

Para Pastor Díaz

Volver a nuestra casa, al templo temporal de nuestros padres fundadores, cofre en que se custodia el cáliz de nuestra niñez. Volver como el perro joven que vagó, aventurero sin rumbo, por el laberinto de los hombres, y regresa mañana, vivificado, sereno, con la cerviz coronada con adelfas.

Volver ¿no provoca siempre un placer inexpresable, que indudablemente tiene que ver con el regreso al Edén? Quien regresa ya no es un niño, desde luego, pues, en rigor, el niño jamás regresa a su mayor, a su anciano. Su mundo es por completo un espacio ilimitado sin aquí o allá, sin horas ni días. Más bien, la vuelta de la que hablo ahora es un milagro experimentado en la transfiguración de los tiempos. Es el viejo quien regresa al niño.

Cuando llegamos al tiempo primitivo de nuestros días pasados, lo hacemos siempre a la casa de nuestros pasos, a las callejuelas por las que un día fuimos en un sueño real, meditabundos, después de la narcosis de la lluvia cálida y el mirlo fugaz en la rama. Vamos oyendo las pisadas de nuestro destino. De nuevo andamos por el pueblo que nos vio nacer, y morir, y transformarnos repetidas veces en un joven que renació en mil ocasiones diferentes desde el fondo ardiente de sus pensamientos. De nuevo caminamos bajo una galaxia abierta en pleno mediodía como una carta marina que señalara los puntos magnéticos de nuestra suerte.

Cuando llevamos a cabo este viaje, más imaginario que físico, por muchas horas de vuelo que hagamos, en realidad reanudamos un viejo diálogo iniciado ayer, aquel día, y que en este presente confronta en un coloquio misterioso nuestras calles con nuestras meditaciones. Vemos así que las calles son como los días. Las esquinas son tristezas pasadas. Los bancos son amigos. Una plaza es un abrazo. Los lugares ya no son sitios, sino representaciones de la memoria, un dialogar sin fin, una y otra vez recomenzado y colmado de caminos radiantes de ida y vuelta.

Visitamos sin querer otros espacios que poseen para nosotros un doble rostro, el actual —un muro pintarrajeado con sprays por jóvenes artistas urbanos— y, al mismo tiempo, el que hemos guardado en la memoria a lo largo de nuestros paseos reiterados: el mismo muro antiguo que una vez fuera de piedra viva. Nos encaramamos en él para jugar con nuestros amigos imitando la infancia. Tiempo después el muro fue encalado. Y más tarde, derribado para hacer pasar por allí una carretera bulliciosa que acaba de golpe con el hechizo de nuestra metáfora íntima, de las analogías personales. Volver es existir en un tiempo lleno de tiempos deleitables.

Si nuestra existencia se halla en equilibrio con las cosas, si hemos sido moderadamente sabios y nos hemos reconciliado con los naufragios de la memoria personal, el desciframiento de este palimpsesto de calles, de fachadas, de rostros fraternales entrevistos, de plazas solitarias y perfumados cafetines que fueron nuestros alguna vez, ahora se presenta como una tarea gratificante e íntima cuyo resultado nos envuelve en una suave fuerza maternal. Todo depende de esta reconciliación, de este descifrado intuitivo con la misericordia.

El paseante solitario que exprime al máximo unos suaves días de holganza para patear bajo el sol tibio de su aldehuela mesotropical también entablará una charla emotiva con los espectros que la poblaron, con los muertos y con los ausentes, pero también con los vivos recordados o con los que marcharon lejos de nosotros.

Como siempre, nuestro entero mundo depende de nuestra facultad para soñarlo una y otra vez de formas diversas. Como siempre, soñar lo que realmente está sucediendo es el acto fundamental de la existencia. Volver —me digo— es su expresión primera.


domingo 27 de septiembre de 2009

LOS AUGURIOS DE JÜNGER

A mitad de la década de los 80, Ernst Jünger decidió visitar Canarias. Al casi centenario el escritor alemán se le ocurrió que los barrancos de las islas podían ser un lugar propicio para cazar los bicharracos que coleccionaba. De sus días insulares existen geniales pasajes en su monumental diario. Se los recomiendo.

Pero el señor Jünger era algo más que un turista chiflado con un cazamoscas en la mano. Su obra es una de las más profundas, humanas y críticas de la cultura europea. Así que, en cierto modo, fue una suerte que el anciano sabio visitara el Archipiélago. En sus paseos solitarios, Jünger comprendió bien la belleza de nuestras tierras, pero también su desgracia. Vio los bosques de laurisilva, la potencia petrificada de los volcanes, el borboteo vital de nuestros barrancos. Y también contempló desconsolado los quilómetros de costas arrasadas por el cemento, los esqueletos de obras a medio terminar, los termiteros de turistas y la pléyade de camareros a su servicio; y sobre todo, las cientos de fincas y huertas desmanteladas durante décadas y décadas. Su conclusión fue inmediata. Las Islas Canarias sufrían una enfermedad incurable: había olvidado su pasado agricultor.

Para comprobar lo que pensaba, Jünker, anduvo con su cazamoscas cerca de las moles costeras de apartamentos, las discotecas para guiris horteras y los hoteles en fase de construcción. Un ejército de muchachos laboraba a destajo acarreando cemento y bloques. Otros muchos eran camareros sirvientes del turismo. A la salida del trabajo esos mismos muchachos regresarían a sus pueblos, fumarían un cigarro en la ventana de su casa, y contemplarían las huertas de sus abuelos, perfectamente abandonadas. Gente inculta (en sentido objetivo) cuya única fuente de riqueza era una industria que acabaría por devorarse a sí misma hasta la ruina final.


ERNST JÜNGER (1935), POR.PAUL WEBER

El pronóstico de Jünger se está convirtiendo en una pesadilla demasiado real. La todopoderosa industria del turismo en Canarias agoniza. Ahora algún Cabildo —instituciones que antes recalificaban terrenos rústicos en urbanizables— ha decidido recalificar trabajadores de la construcción con el fin de emplearlos en la agricultura, la misma de la que huyeron hace 20 años en pos del milagro de los bloques y los hoteles. La nueva idea milagrosa es reacondicionar fincas rurales abandonadas y repartir sulfatadoras. Dicen que es una nueva oportunidad laboral basada en el sagrado regreso a la tierra. Ya les tocará a los parados de la hostelería, supongo.

Mientras tanto, los jóvenes que vio Jünger no tienen dinero ni para tunear sus coches. Pero el político de turno les dice que deben cambiar la pala y el wellcome por las papas y la güataca. La iniciativa, hasta el momento, ha logrado emplear a 19 ex peones de albañilería. Juzguen ustedes si esa cantidad risible de neo-labradores logrará salvar la economía canaria y reflotar su ya difunta agricultura. Antes de regresar a Alemania, por cierto, Jünger pensó algo más sobre lo visto en Canarias. ¿Qué joven al que se le ha despojado de su estima por la tierra y sus cultivos, con el propósito de ser un mero asalariado del turismo, volverá a ella para cultivarla?

jueves 27 de agosto de 2009

TORRE DE ARNOLFO / PIERO BIGONGIARI

Es cierto este descenso del río
y cierta el agua, el fango, la luz
en su perpetuo inmóvil sustraerse,
igual que en la ilusión, huellas, un pensamiento.
Donde te afirmes no hallarás iguales
a la caricia el ímpetu, al ardor
la llama: y en la ruina de las brasas
es espectro que entrega certidumbre
el antiguo esfuerzo y el futuro, el ser
que es al no ser que no es:
que no es igual, pero que es igual.
Os es pacto entre esta andante tiniebla
por la luz y el retornar tenebroso
de la luz: como la ola contra la orilla
encuentra resistencia a su rencor.

Quien ha gritado no ha gritado en vano,
y la sangre borrada
vertida de la rueda del tiempo triturante
aguarda a jarras llenas en despensas
prohibidas para el hombre, pero que el hombre intenta
abrir —ladrón o vengador, no sabe—
justicia.

Por justicia están muertos
y vivos quienes creían pensar
—no se vive sino pensando, ha dicho
quien ha seguido el hilo de la trama—
y a un mismo tiempo avanzan
inciertos y entregados a un muerto que vive
palabra, sangre, lágrima: el sabor
de la ilusión en cuya excesiva carga
—en exceso vital— el pensamiento aparta huella
tras huella entre uno y otro polo.
Si quien te abre la puerta es sólo un muerto.

Yo que te aguardo solo en esta plaza
remonto el río, vuelvo atrás , aguardo
aquí donde aunque no vengas eres
bajo la mole de una torre
que se eleva o añade, no sé, horas al tiempo:
gris desea la luz febril de la tarde

lunes 24 de agosto de 2009

LOS NEGOCIOS POLÍTICOS EN EL RIQUER

El «Caso Riquer» se ha convertido de pronto no sólo en un asunto que tiene en vilo a la comarca del Noroeste de Tenerife, sino en un angustioso nudo corredizo alrededor del cuello del flamante alcalde de Icod, Diego Afonso. ¿Quién lo iba a decir? De los dos extremos del nudo tiran ahora los vecinos de la Playa de San Marcos, de una parte, y los trabajadores en paro afectados por el cierre preventivo dictado por el Juzgado de Primera Instancia de Icod, de otra. Nadie daba un duro por los habitantes de la pequeña población costera, y sin embargo han conseguido el milagro: que uno de los mayores y más ocultos atentados ecológicos de Canarias sea llevado a los tribunales después de más de 30 años cebados con la desidia y la connivencia de la Corporación de ese pueblo. Ahora, los obreros perjudicados, sus familiares y —colmo de colmos— sus patrones piden a gritos regresar a sus trabajos: ellos también tienen hijos que alimentar, dicen. Mientras el nudo se va apretando, el actual alcalde de Icod, Diego Afonso, trata de capear el temporal con juegos malabares para mantener las simpatías de las dos fuerzas opuestas. A una, con la promesa de licencias temporales a mansalva. A otra, con la puesta en escena de un referéndum tramposo sobre un futurible Riquer ideal. Un referéndum —habría que llamarlo por su verdadero nombre: consulta popular— sin valor legal y licencias que valen tres perras gordas.
Lo único cierto en todo este asunto es, primero, que los empresarios sin escrúpulos de cinco empresas se han pasado por el forro, durante años y años, la legalidad vigente, dejando tras de sí cientos de quilómetros cuadrados de terreno costero virgen arrasados e irrecuperables, además de miles y miles de toneladas de chatarras y residuos contaminantes. Segundo: que tanto el anterior grupo de gobierno local en Icod —el PSOE—, como el Cabildo Insular, en manos de CC, han mostrado su soberano desprecio hacia esta zona de Tenerife y sus habitantes. No olvidemos que, además de los empresarios aludidos —auténticos asesinos ecológicos— también el ex alcalde de Icod, Juan José Dorta, se halla imputado en esta causa. Que le aproveche. Aunque, ¿qué es una raya más para un tigre?
Para que nadie se lleve a engaño, debemos hacer notar que las víctimas de estos desmanes consentidos y olvidos forzosos son solamente dos: El Riquer, en primer lugar, con su flora endémica, y los canarios en segundo, dentro de los cuales se halla el grupo de trabajadores que fueron contratados por cinco empresas clandestinas radicadas ilegalmente en la zona, y que ahora, por si fuera poco, están siendo usados como escudos humanos por sus empresarios.
Cinco años ha tardado la Justicia en reaccionar desde que en 2004 fuera denunciado este delito; y por cierto que hasta ahora ha sido la única denuncia presentada en más de tres décadas. Ni el PSOE ni CC locales tuvieron los redaños de hacer lo que debían. ¿Pero qué importa la mudez pretérita? Ahora Diego Afonso se pone la peluca blanca y quiere dar lecciones de moral política poniendo en tela de juicio el auto del Juzgado de Icod al prestarse a conceder a estos empresarios destripadores licencias temporales, afirma el edil, para que sean las propias empresas —escuchen el desatino— quienes se desmantelen a sí mismas y ocupen otra zona de Icod que aún no se haya preparada para recibir semejantes monstruos. Me pregunto qué empresario ebrio o mentecato pagará a sus obreros para que reduzcan a ciscos el negocio que les sirve la sopa y los trajes de marca.
Será mejor que el señor Diego Afonso y su cobarde CC local —no hablemos ya de la caterva icodense del PSOE— dejen de soñar. O, lo que es lo mismo, que dejen de soñar que los demás soñamos con pajaritos de colores. Nadie se toma ya en serio a nadie. A estas alturas ¿quién no sabe ya que el propósito del Ayuntamiento de Icod, como todos los que han sido, no es recuperar El Riquel, sino emplearlo para instalar otras formas de lucro o especulación o destrucción?
Tal y como andan las cosas, y con reservas, de quien único se puede esperar valentía, consideración y un trato educado es de la Justicia. ¿Será ella finalmente quien obligue de una vez por todas a cumplir las leyes que ni empresarios ni ayuntamientos ni cabildos quisieron cumplir? Recemos.

domingo 16 de agosto de 2009

DIÁLOGO PARA TIRESIAS

Me siento frente a un mar que no conozco,
que extendiera en el aire sus ramificaciones
y formara estas lavas solitarias.

Nuestras furias extienden su paisaje:

Costras de tierra junto al mar de las calmas
y un imberbe Tiresias sentado junto a mí
como el humo de un sueño coronando su frente.

Un mar que ignoro a mediodía.

Son nuestras furias que extienden su teatro:

Un mar de escorias solitarias.


Tiresias mío, háblame,

di el signo de estos númenes.

Que por tus labios hablen los dioses genitores
como en tiempos antiguos.

Que el mar divida en dos su propia mente
y surjan de las aguas estrellas de esperanza.

jueves 13 de agosto de 2009

REENCUENTRO Y DESPEDIDA

Para Famara
Juan Cruz y su esposa Pilar estuvieron de paso hace unos días por la Isla de El Hierro. Me llamó Juan, por teléfono. Mi editor Ulises Ramos le había facilitado el número. En seguida nos vimos. Cuando me tendió la mano para presentarse tuve que refrescarle la memoria: «Ya nos conocemos, hace unos años en Y. Tú presentabas la revista que yo dirigía, Can Mayor». Al final cayó en la cuenta con un largo y suave «¡Aaaaah!, sí, ya me acuerdo». Juan Cruz se alojó tres días en el Parador de Turismo del Golfo de la Bonanza, donde flota sobre el agua violenta y brillante ese roque que recuerda a un oso afirmado en un arbusto. Juan ha aterrizado en El Hierro para recordar. Es una de sus obsesiones: recordar. Todos lo saben. Me cuenta que a finales de los 60 viajaba mucho a la isla. A finales de los 60 en El Hierro no había aeródromo. Apenas un puerto intratable. En aquella época la isla era, no sólo la más ultratlántica del Archipiélago, como ahora, era también la isla oculta, la ínsula tras la niebla de lo extraño. Un Macondo africano. Carreteras de tierra, cactus, un sólo teléfono negro, tres coches contados con la mano y luz eléctrica sólo activa unas pocas horas por la noche. Juan cruzaba el mar en ferry cuando era todavía un novato en esto del periodismo. Acudía para encontrarse con el periodista Padrón Machín, «que tenía su cabellera blanca con la forma ondulada de las sabinas herreñas». El joven Juan Cruz de entonces, en sus repetidas estancias en Valverde, iba a desayunar a un cafetín andrajoso, el más popular aquellos días. Allí conoció a un médico: un hombre discreto y educado que años más tarde asesinaría al único Guardia Civil de la isla. «Le pegó un tiro y se fue para su casa». El único librero de Valverde nos explicó después que el guardia era un mal bicho, un broncón. Juan quiso comprar los periódicos y lo llevé al Bar La Noticia. El cafetín de tertulias más animoso de la capital. Allí todo el mundo lo reconoció y todos tenían que ver con él. Pero Juan posee ese don natural para el trato cordial, igual se le plante en la cara un noruego ignaro que un herreño socarrón. No he explicado aún para qué vino Juan Cruz a El Hierro: Ya dije que ha venido para recordar, y también para escribir, claro. Tiene un libro entre manos. Al parecer un día, no hace mucho, el antiguo presidente de la famosa editorial Penguin, el editor norteamericano Peter Mayer, le dio una idea fenomenal: «¿Por qué no escribes un libro sobre Canarias para lectores ingleses y gringos?» Juan echó la vista atrás y cayó en la cuenta de que ningún escritor canario de su generación se había puesto en la brecha de imaginar las islas una a una según el criterio azaroso y sentimental de la pura memoria y los encuentros del fatum. Estábamos sentados en la terraza del parador con un micrófono sobre la mesa y el cámara —otro conocido de Juan, Rafael Avero— trafagando con objetivos y trípodes a nuestras espaldas. «¿Tú recuerdas ahora a alguien que lo haya escrito?» Le respondí que no, que no conocía ese libro específico. «Yo sí», repuso. Esperé unos instantes la resolución de aquel enigma mientras ponía en sus labios una ligerísima sonrisa: «Ignacio Aldecoa, Libro de godo». Pero, claro, Aldecoa no era canario. En seguida me vi a Juan Cruz tecleando junto a una ventana marina durante tres horas antes del amanecer para construir ese libro para Peter Meyer. Vi sus dedos menudos y veloces tejiendo con gracia un tapiz de recuerdos sin tiempo y visiones de ahora. Quisimos cenar juntos una noche, pero yo salí de la redacción ya con los calores de la madrugada encima y las letras mezcladas en un pozo de sueño. Hubo que dejarlo para una ocasión más propicia. Nos despedimos al terminar mi reportaje sobre su estancia y el proyecto de su libro: «Canarias, un viaje sentimental por el archipiélago», parece que va a ser su título. Cuando redacté el texto de presentación de mi vídeo pensé: «El conocido escritor y periodista canario Juan Cruz está de gira por Canarias libreta en mano. Su objetivo es redescubrir el archipiélago y transformarlo en un libro que reúna las experiencias de la memoria y el reportaje vital». En cierto modo, eso ya lo han hecho algunos poetas insulares actuales que conozco, aunque en la expresión espiritual de la poesía. Se me olvidó comentárselo. Juan Cruz asegura —con toda razón y recordando a los vanguardistas— que la cultura de Canarias está paralizada por el folclorismo que han impuesto las instituciones como única forma de expresión e interpretación de lo insular y lo canario. Además, está convencido de la necesidad de que los escritores actuales que viven aquí construyan una imagen nueva y profunda de este territorio. Estoy tan de acuerdo con Juan en esto que no añado ni una coma más. No hace falta explicarlo. Al final se fueron. Pasaron los tres días como alma que lleva el diablo y él y Pilar se fueron. Antes de irse me contó algo. Estuvieron cenando en uno de esos ventorrillos suculentos e iluminados con bombillos al que la gente llegaba a cuentagotas. Se sentaban a la mesa, me contó, y nadie hablaba. Se dedicaban a cantar. Se colocaban una guitarra en el regazo y a cantar. Aquí ya no se conversa, nadie desea explicar su visión del mundo a sus amigos. Eso me dijo. Mientras me subía al coche de la tele y me largaba del Roque de la Bonanza y dejaba al escritor y a su esposa, me acordé de un dicho popular. Tal vez la buena gente de las Canarias cante para espantar un mal moderno que ni siquiera comprenden.

lunes 10 de agosto de 2009

VUELTA (Primera parte)

Bimotor desde El Hierro a Tenerife: 35 minutos de calmas mentales entre las nubes. Dos guaguas desde el aeropuerto. Una perdida: el chofer tocó el clacson con burla y se perdió en la lejanía. Atasco en el Puerto de la Cruz. La horda del turismo anega las calles apresurando un proceso grotesco de despersonalización tan asfixiante como absurdo. Un paseo entre ingleses apestosos y alemanas gigantonas. Última guagua para Y. Cabeza contra el cristal y ligeros sueños que acaban con la segregación de un amargor en la boca. Cada pequeño pueblo que dejamos atrás posee su recuerdo peculiar en la memoria: rostros conservados en fotografías sin nombre. Llego casi al anochecer, con el —iba a escribir «mi»— pueblo sumido en un crepúsculo verdoso como de otro mundo y la Playa de San Marcos vacía. La noche calurosa se alarga sobre la goma elástica del insomnio. Salgo a contemplar las estrellas en el descampado pero no veo estrellas, sólo a Jaifa, la perra negra del barrio que vive como una eremita feliz por los alrededores. Se acerca y me golpea delicadamente en el hombro con su hocico. Somos amigos. Al día siguiente me parapeto de los relámpagos de Agosto y la humedad reinante huyendo a la plaza portuguesa del pueblo. Las tórtolas descansan como exvotos de cera colgados de los jacarandas. Nada se mueve de su sitio por miedo a derretirse. Arden miles de astillas por todos lados, moscas y libélulas. Aprieta la canícula su vaporoso nudo de plomo. El busto de un viejo prócer local resiste los rigores bajo su máscara de bronce. ¿Por qué vuelves?, resuena en mi cabeza. Creo que vine a pasar unos días en la casa paterna, presentar mis respetos al padre convaleciente y bueno, a besar a la madre en la frente y charlar con los amigos antiguos. Como en los viejos tiempos —ahora que los viejos tiempos regresan a mi vida— decido desperdiciar todo el viernes sentado en las sillas del cafetín de la Plaza. Como un Bernardo Soares. Voy de acá para allá a lo largo de este sanatorio del alma respirando los perfumes del venenoso habrantus. Miro el mar desde las alturas de la balaustrada. Está allá abajo, brillante como mercurio fundido. Arriba, el gran volcán ahíto, con sus resoplidos minerales, gravita sobre la isla entera como si fuera un santo patrón. Otra vez soy el custodio y el galeote. Otra vez. Habría que describir primero la actividad cotidiana del lugar para comprender sus íntimos mecanismos, la calma bohemia que resuma, el placer que entrega. Un gran paseo circular bajo ramajes de laureles, pandanus, jacarandas, araucarias, ficus, palmeras, plátanos de Arabia. Parterres con toda clase de flores e insectos. Mesas y sillas para el café y el gintonic de los parroquianos. El camarero gentil que nos despacha con bromas obtusas. Rusas guapas con pantalones cortos y piernas larguiluchas que nos guiñan el ojo y se sientan para tomar cerveza. Cigarrillos y periódicos. Tedio digestivo. Todo transcurre sin premura, como en un pequeño ensueño hipnótico de luz y polvo. En este panteón familiar transcurrieron mis días mejores: aquellos que venían acompañados por la gran Diosa transparente y la lectura sin compromiso. Entre el banco en el que me echo como un pordiosero y la silla de cafetín voy y vengo con mi Camus particular para este día de largo asueto —El verano en minúscula versión de monedero—. Devoro el opúsculo como si fuera la pulpa de una fruta fresca y hermosa. Me veo en El verano por todas partes, joven y veloz por los bulevares infectados de bohemios, viejo y renqueante en los paseos por las ruinas, en los cigarrillos resecos que el joven Camus no para de fumar a su paso por la inconsolabilidad. Un Camus nuevo me sale al paso aquí: suave optimista degustador de las soledades desérticas de Orán y las quietudes argelinas. Me veo en él, está próximo a mí este joven franco-argelino, «como en un espejo —me digo—, precisamente hoy». Me detengo de pronto en un recodo de su narración liberadora. Caigo en la cuenta de que Camus murió a los 47 años. Yo estoy al borde ya de los 40. Retomo la lectura, pero ahora con más veneración. El sol me tuesta el cráneo después de las horas. Me mudo de emplazamiento. Del banco de vagabundo a la mesa elegante del cafetín. Elijo mesa con sombra de palmera reluciente en los bordes. Es la hora del gintonic y la llegada de P. El amigo entra en la Plaza armado con sus sonrisa de dentadura asimétrica. Su calva reluce con la brillantez de un globo. Retomamos una charla que no se ha interrumpido desde lo tiempos del bachillerato. Hace unos días le envié un manuscrito sobre la vida de mis abuelos y la relación aterradora con su hijo loco. Me recomienda que no publique los papeles hasta que algunas personas desaparezcan. Pienso en mi padre: es el único ser que retrasaría la publicación del relato. Después de sus consejos y mis réplicas, el amigo acaba su café. Se despide. Nos veremos mañana de nuevo. Solitario de nuevo, regreso con mi Camus al banco de ermitaño. Hilo lectura y humo de cigarrillos. Con lentitud de oleaje termino por sumergirme en un mesmerismo denso y provechoso. Por unos largos minutos el mundo alrededor se disgrega, se esfuma, se deshace como una calima y en el teatro mental de la lectura las palabras se levantan como muertos, toman el espacio vacío dejado por la realidad huidiza y cobarde, resucitan de su sarcófago de tiempo y forman casas, calles, desiertos, palmeras, hombres que hablan, sol que calienta, nubes que llueven ligeros rocíos, tiendas al borde de la calle. No hay milagro más grande para un lector que presenciar con nitidez la reanimación de los espectros movedizos que contempló un hombre en otro tiempo, en otro lugar. De pronto una joven me interrumpe. Quiere saber si me importa que instale su tenderete de pendientes, pulseras y collares junto a mí. Conversamos. Hace unos años que se dedica a vender en la calle. Gana dinero, suficiente —asegura— para vivir sin apuros. Me invita a fumar. Acepto. Mientras me habla de sus técnicas pienso en F convertida de pronto en una chica hippie de larga cabellera, comerciando con sandalias y bolsos de cuero. «Me gustan mucho las sandalias de cuero», me dijo hace unos años. Y recuerdo cómo después de un beso fustigamos las calles de La Laguna en busca de una tienda donde comprar un par de sandalias. Comenzaba el amor esos días tórridos de un verano irrepetible. El amor ilimitado también es irrepetible, me digo mientras la muchacha del tenderete me muestra piedrecitas de colores y alambres de plata. Despierto y me despido de ella, «Que tengas mucha suerte hoy. Adiós». Las alas negras del desconsuelo cruzan un par de veces sobre mi espalda mientras paseo alrededor de los jardines. «Camina mirando al cielo, a las nubes, a las ramas de los árboles», me recomendó un amigo enfermo de locura hace muchos años, «verás como desaparece la tristeza». Lo intento. Veo golondrinas.

domingo 2 de agosto de 2009

NÉMESIS MÍA (Un fragmento)

Para Iván Cabrera Cartaya

El deseo de contemplar la galaxia resplandeciente a mediodía y ser, al tiempo, el ciego que se adentra con su báculo en los filosos malpaíses de los volcanes. No ver ni ser visto, ocupar el pobre inicio de toda pre-visión. No poseer siquiera el exiguo lugar donde caer muerto. Qué alto don me concedieran los dioses. Vagar en harapos, los pies llagados y llenas las arterias de gozo, los sesos cocidos por el sol calcinante en la hornacina del cráneo y conquistar el timón definitivo de mi existencia. Alimentar los intestinos con el mejunje machacado y verdoso de las ceropegias deletéreas. Y aún así, ver. Ver la galaxia en pleno día en medio de las extensiones sin nadie, ver los signos revelados para mí sólo y frente al mar de las calmas perpetuas, ir apestoso invidente por el laberinto de la ataraxia. Qué alto don me concedieran los dioses si cegaran mis ojos para el grotesco mundo de los hombres. Arponear en el bajío el pulpo de oro de la certidumbre y lanzar al mar los boliches de la visión. Escribir con buriles de acerada luz las palabras enmudecidas en los hexágonos basálticos de los acantilados. Ir por el borde del mar en charla sencilla con los homúnculos de las grutas. Aprender la filosofía eremita de los cangrejos, alcanzar su conocimiento por la piedra. Un deseo con tanto fervor anhelado hoy, en este día de drama y soledad, y, sin embargo, tan imposible deseo. Qué alto don me concedieran los dioses.

miércoles 8 de julio de 2009

DOS POEMAS DE UN LIBRO INÉDITO

I
AMANTE Y CONOCIMIENTO

Los hilos invisibles que unen a los árboles
esta tarde. El amante que surge de su lecho,
sereno en la avenida de verano, que baja
hacia las aguas, con el conocimiento del amor
embriagando su mente todavía. Los hilos
de la luz, la avenida de palmeras, las sombras
en la unidad brillante de las aguas. Lo amado
y el amante se miran, y descifran los signos
de la tarde. El amante, que surge de su lecho
y comprende la luz, y ata todos los hilos
incandescentes, todo conocimiento —dice—,
lo amado y el amante, ¿no surgen de la luz?



II
DICHO A UNA SOMBRA

Has vuelto al libro seminal,
al orden del principio, tú,
luminosa
en los pálidos muros.

Vuelves
cuando la tarde veloz se desvanece
al libro negro,
el que tuvo sus páginas cegadas por el sol
estaciones perpetuas.

El libro negro del principio,
el que el niño tocó en su sueño de fuego,
cuando andaba en los campos:
urna de muerte
sobre la piedra negra.

Lee ahora su mensaje de redención, y bébelo,
y en él anúlate, y anúlanos,
estrella negra,
lo mismo que en un bálsamo.

martes 7 de julio de 2009

LAS CASAS MARINAS DE JUAN GOPAR

1

Se suele decir —y no sin razón— que se está ante una buena obra plástica si quien la mira y la interpreta siente, de forma repentina, el delirio desbordante de convertirse en pintor. Justo eso fue lo que sentí hace ya años durante una estancia fugaz en Gran Canaria. La verdad es que fue más la curiosidad que un propósito meditado lo que me condujo a una sala en la que se exponía obra de Juan Gopar (Lanzarote, 1958), un artista al que no conocía bien, a pesar de las ocasiones innumerables —cenas y veladas con amigos— en las que su nombre había salido a la palestra de la conversación.
2
Las construcciones de Gopar, que llamé intuitivamente entonces «casas marinas», me persiguieron durante meses. Mi mente era capaz de vivir dentro de sus casas como el camarón cantarín que vive en la casa del pescador japonés del que habla Matsúo Bashó en uno de sus jaykus. De inmediato sus cabañas pintarrajeadas se convirtieron en una obsesión, y más de una vez me atreví a reunir en una caja un montón de palitos y chapas recolectadas en el campo para crear mi propias moradas de Poseidón.


3

Juan Gopar construye sus casas pintadas a base de elementos arrastrados por el mar y depositados en la playa. Eso he oído decir, «casas pintadas», aunque a mí me recuerdan los inteligentes tenderetes que fabrican los pescadores de mi isla para guardar sus utensilios de pesca. Así que en cada una de sus construcciones siempre hay una reflexión sobre el oleaje, sobre la brisa de maresía, sobre la blancura y el silencio, sobre la erosión y la cimentación. Sobre la circularidad de la existencia representada en el giro interminable de la ola.

4

No se trata de construcciones grises ni de placas racionales. El color, como en los días soleados en playas salvajes, llena la mirada de fuego, de gritos de niños, de oleaje chocando en los riscos, de pájaros marinos. Los palitos que recolecta Gopar en sus paseos por los litorales de Lanzarote resuenan como xilófonos de las mareas, aluden a una vida anterior de los materiales, a una memoria segunda de las cosas.

5

En sus manos, los objetos constructivos, que han sido desechados en otras latitudes del mar, no están muertos, reviven. Llegan flotando a las costas, moribundos, en una especie de naufragio reiterado y resucitan en el color, en la luz, en la composición. En definitiva, resucitan en la dimensión marina de una obra que ha sabido transformarse y alcanzar una visión cada vez más sincera, más clara, más honda, de las Islas.

lunes 22 de junio de 2009

LOS PRÍNCIPES DE LA BASURA

Para todos los niños de la Racania

Una parte de la infancia de los niños playeros que nacimos en torno a 1970 no podría contarse fielmente sin las montañas apestosas de basura, el mosquerío pegajoso y las chatarras quilométricas de El Riquel, el vertedero del pueblo en que nací. Fue, para muchos de nosotros, un paraíso inolvidable, degenerado y hediondo, en el que entrábamos a hurtadillas y sin permiso de nuestras madres. No había sino que salir de casa cualquier tarde de verano, caminar unos centenares de metros por el desierto litoral de El Riquel y bajar —no es metáfora— directos a la mierda. Así de simple era viajar a nuestro Edén infantil. No existía ni cartel de bienvenida, ni recinto alambrado, ni guardianes: Todo al más puro estilo administrativo icodense.

Pero de mierda sabemos muchos los niños de la Playa de San Marcos. Mis amigos de aquella época —una tribu de primos peludos— teníamos otro Vergel acuático, más lujoso, más inmundo: la Cala de El Monís —no hace falta que la señale en un mapa—. En sus aguas apestosas nadábamos como si fuéramos los príncipes de la defecación. Quienes allí jugábamos, pescábamos y chapoteábamos se veían obligados a nadar en un caldo de porquerías flotantes que nos regalaban los tubos emisarios —demasiado cortos, demasiado anchos— del edificio correspondiente que desembocaban en un cañaveral verdísimo. Por cierto que, irónicamente, junto a los emisarios, alguien mandó a construir una depuradora que jamás cumplió sus funciones.

Sin embargo El Riquel era el sumun del placer porcino. En aquel inmenso sumidero incontrolado, los niños inventamos nuestros propios mitos, mitos harapientos de realismo italiano; y entre ellos jugamos a las espadas y los exploradores como el niño de cualquier ricachón, si bien, enajenados por los efluvios mágicos de la putrefacción. Los días de calor en nuestro reino de roña nos veíamos obligados a cubrirnos la boca y la nariz con nuestras camisas para impedir que las moscas —millones y millones de divertidas moscas, nubes de moscas negras y verdes— acabaran introduciéndose en nuestros orificios nasales. De las colinas de basura —me refiero al concepto antiguo de basura: todo mezclado formando un jugo pastoso ácido y maloliente— a veces extraíamos llenos de alborozo un perro muerto, una caja de pútridas naranjas, jeringuillas usadas o una avioneta de juguete rota.

En aquel basural existía un lago profundo de cal líquida que vertía diariamente un camión. En sus orillas movedizas y lechosas jugábamos a barcos como hijitos de familias ricas. Cerca de nuestro lago de yeso, también disponíamos de un Averno: un pozo sin brocal profundo, de unos dos metros de ancho por el que se hubiera despeñado cualquiera de nosotros si no fuera porque Fortuna existe. Recuerdo haber arrojado en aquel horrible pozo objetos que tardaban minutos en dar una señal de sus abismos. Simplemente tuvimos suerte: ninguno de mis primos murió allí.

«La Basura», como acertadamente los niños playeros y nuestras madres llamaban al vertedero municipal, significaba para nosotros una verdadera cornucopia —«cuerno de la abundancia», por si me lee algún racanio ignaro— regalo de los dioses burgueses habitantes superiores de las calles empedradas de Icod. Aquellas bazofias con las que éramos obsequiados por los patricios locales se convertían en nuestras ávidas manos en los juegos de la miseria. Así que —vueltas que da la vida— sin quererlo, los niños playeros de los 70 fuimos los primeros en reciclar la basura para convertirla en parte mítica de nuestra imaginación infantil. Cierta vez, apareció en La Basura un gran buey muerto y sin cabeza, hinchado como un odre lleno de peste, a punto de explotar y diseminar su perfume de corrupción. Creo que presenciamos su descomposición lenta, didáctica, durante meses. De ese modo aprendimos las partes de su esqueleto animal. Otra vez, un amigo se tronchó un pie con una lata afilada. Tal vez hubiera necesitado la sutura del galeno, pero en seguida encontramos la pócima de Fierabrás para curarlo. En efecto, la nobleza tutelar de nuestra Racania del noroeste también nos ofrecía los desperdicios caducos de sus farmacias domésticas. Cualquier cosa, divina o humana, era posible en nuestros Campos Elíseos personales de El Riquel.

Junto a La Basura se levantaba, y se levanta, para ignominia de nuestros pusilánimes políticos locales el gran campamento de La Chatarra. Quilómetros y quilómetros de amasijos de hierro y gomas de coches entre los que campaban las ratas y los perros. ¿Quiénes de los que tuvimos que convivir con los detritos sabrosos de los icodenses no recuerda con rabia la quema ilegal de millones de neumáticos cuya humareda apestó y ennegreció nuestra infancia durante largos años?

Ahora el tiempo ha pasado y compruebo con la memoria que fueron varias las generaciones de políticos locales los transmisores conniventes y alimentadores de nuestro reino repugnante para niños de tercera clase. Un reino al que ellos mismos —no comprendo por qué si con tanta pasión lo cultivaban— daban la espalda.

La moda de los tiempos y los ecologistas agnósticos de este futuro, que no creen en el Nirvana sobrenatural de las basuras y chatarras, nos han ido robando trocitos de nuestro legítimo derecho a la inmundicia. De pronto los políticos toman conciencia y dictaminan que vivir con la hediondez al lado resulta poco inhumano. Ahora los niños de tercera clase deben olvidar su pasado, regenerarse, vivir en la virtud de la higiene. Todo palabrería necia: en más de cuarenta años —desde antes de la Democracia española— no han conseguido regenerar un metro de terreno de nuestro Paraíso apestoso. Demasiado tarde, como siempre: yo digo ese estigma infantil me diferencia completamente de los indiferentes. Haber convivido con sus desperdicios me ha procurado un conocimiento profundo de lo que hemos sido, de lo que son. Siempre pensé que, para que sufrieran en propias carnes lo que significa el dolor ejemplar de tener que ser despojado de un pasado inconfesable, los niños litres de nuestros políticos actuales y pretéritos —y alguno que otro más—, debían probar, como nosotros, su propia ración de sana mierda.

lunes 15 de junio de 2009

JORDI DOCE VISITA A ROBERT GRAVES EN DEIÀ

No ibas solo, pensando,
con la sombra de Apolo por los pinos,
sobre la justa proporción
de cordura y demencia:

Parecías envuelto por las musas.

Así te vi, con pañuelo Bronzini,
andando entre cipreses y a distancia
del resto de alemanes y britanos.

Era la casa del poeta,
brillante en una loma sobre el mar
y días de leyenda.

La mano de tu mente se extendía
y apartaba los velos de las épocas
para ver las visiones
inquietas por los muros.

Entonces quise estar contigo, y vagar a tu lado,
y hablar de Píndaro.
Soplar el caramillo en la sabina
—de todo, sacrificar cien veces…
devórate a ti mismo…

y reírnos.

La hora es propicia, amigo, te diría,
bajemos a la cala
de arenas blancas,
imitemos al viejo loco
que gritaba saltando entre las olas.

El verano ha posado su sandalia de fuego
en el umbral de espigas
de nuestra mente.

Es el hekatombaion, la karneia, los sacrificios.

Demos el paso al otro lado.
Bajemos al mar blanco de la cala.
Bailemos en la piedra de la Madre.
Recordemos a Graves, dos veces muerto.
Devoremos los frutos del granado.

Que hoy este sea el gozne del mundo
y se aparten sus puertas
con chirridos y estruendos.

Que se alcen, en estas rocas
a punto de ser griegas, horómatas antiguos.

Que a nuestra lengua vuelva la voz del adivino.


[Este poema es una versión nueva (tal vez definitiva) del publicado aquí, y que puede leerse más abajo. (N del A.)]

lunes 1 de junio de 2009

AL SUR DEL MEDIODÍA

Para Leopoldo Santos Elorrieta
Cuentan que el mediodía es la hora del imberbe Tiresias. La hora en que el adivino sorprendió desnuda a la Diosa mientras ésta se daba un baño. Contempló lo que no era posible contemplar. Lo que estaba prohibido. En rigor, lo no-visible. Pienso en los pechos dulcísimos que arrebataron el juicio al joven vidente. El sol violento derramado en ellos como ámbar derretido fue su última visión. Igual que en este final de mayo ardentísimo.

Es sabido también que Apolo creó la lira —el instrumento mágico del poeta— en el momento de mayor voltaje lumínico del día. La lira se hizo para el mediodía o el mediodía para la lira. El fulgor del día descansa sobre las siete columnas de la lira. Como sea —me digo—, si existe una forma segura de bajar las escaleras del Hades en vísperas del mes de Juno es con la lira en ristre. Así lo hizo el patrono de los poetas, Orfeo. Así pues, ceguera, adivinación, poesía son los pensamientos que me acompañan hoy en un viaje instantáneo bajo los arcos del sol hacia el Hades marino de Canarias, hacia Sur Absoluto de España y de Europa. ¡Rumbo a La Restinga!

La carretera avanza entre pinares, deja atrás los huertos fértiles de Plutarco, y desciende los desiertos de traquitas y basaltos hacia la costa deslumbrante. Apenas nos cruzamos con otros coches que regresan de una excursión solitaria. Sobre los páramos solares de lapilli y costrones de lava se extiende la ciega visión de Tiresias.

Una nueva palabra debe aprender quien viaje a estos lugares de ardor petrificado: «malpaís», yermo escorial intransitable. Aquí y allá surgen las euforbias milagrosas del malpaís adusto, manchas verdes de un verde diluviano. En un dibujo de Tarsila do Amaral que recorté a escondidas de una revista cara hace unos veinte años, plantas similares, rechonchas, cuyos troncos y ramas simulaban manos cortadas y dedos hinchados, habían sido levantadas por el ojo certero de la pintora. Desde entonces, para mí, las euforbias bioformes son como las manos de Tántalo, que tratan de apresar la luz sin conseguirlo. Años más tarde descubrí que las gentes de las islas orientales de este Insulario llaman a la venenosa ceropegia, una euforbia crasa, con un nombre estrambótico: «dedos de muerto». Mote oportuno para un Hades de los Elíseos.

Mientras conduzco caigo en la cuenta de que hoy es 30 de mayo. En multitud de lugares repartidos por las Purpurarias, hoy, la gente se lanza con orgullo a celebraciones absurdas de una nacionalidad fabricada a golpe de dinero, falacias y elucubraciones políticas. Una nacionalidad, y una cultura, afirman. Pero me pregunto qué cultura de menos de 400 años puede ser llamada «nacional».

La Restinga fue una aldea habitada por pescadores ignorantes. Una decena de chozas nada más. Se levantaban antes de las primeras luces del alba para sacar del mar las raras formas de sus peces. Jamás pensaron al modo de los nautas míticos que hendían sus remos en un mar misterioso esperando una respuesta de los cielos. Las piedras que pisaban eran eriales volcánicos sin utilidad alguna. Jamás oyeron hablar de la existencia de un mar fabuloso color vino. Los volcanes que emergieron del interior de la tierra ¿fueron fraguados en los yunques del gran Hefesto? Quien no posee el tacto misterioso de la cultura, el sexto sentido del conocimiento, no puede interpretar su mundo sino como un puro hecho material. El resultado de esta ignorancia espiritual es lo que capta nuestra cámara de fotos.

Hace unas semanas tuve la suerte de entrevistar a una arquitecta sensitiva, es decir, de sesenta años. Tan rara avis como un poeta. Sus construcciones, en verdad, la avalaban. Le pregunté cómo un arquitecto con cinco años de carrera podía llegar a diseñar y construir casas de tan mal gusto y que trascendieran tanta ignorancia. «¿Es que no aman su arte?» La mujer dibujó una sonrisa y aceptó mi atrevimiento. Respondió que la mayoría de arquitectos no se consideran artistas. «La arquitectura con mayúsculas —añadió— no es poner bloque sobre bloque con cemento en medio». Tampoco se consideraba un artista cualquier campesino anónimo de hace 200 años. Sin embargo, la eficacia, la belleza y la adecuación paisajística de cualesquiera de sus construcciones son superiores a las que podemos ver en la viviendas actuales. Cuánto funcionalismo, racionalismo y arquitectura moderna no está ya en las antiguas viviendas tradicionales de campesinos y cabreros sin estudios.

«¿Y qué opinas de La Restinga?», le pregunté a la arquitecta. Su reacción fue fulminante. Enarcó las cejas y resopló: «Ha crecido muy mal, ese sitio ya no tiene arreglo». Pues fueron arquitectos como tú los que firmaron la mayoría de las construcciones de ese lugar, pensé.

Continúo conduciendo entre lajiales y escorias quemados. En Canarias existen tres tipos de hombres. Los tres no saben qué diantre es un desierto. No tienen ni la más remota idea de que en los desiertos, por miserables que sean, nos hablan los dioses. El primero de estos hombres pasa junto a un desierto de malpaíses y guarda silencio. El segundo es el que cruza por un desierto de malpaíses, lo mira y lo escupe. El tercero es el que transita junto a un desierto de malpaíses, se detiene, lo mira y piensa: aquí caben 350 chalets adosados.

¿Qué quiere decir que en el desierto moran y nos hablan los dioses? Sencillamente, que en ese lugar existe algo que no vemos con los ojos, y que es preciso usar otra mirada para verlo. El simple hecho de hacer el esfuerzo de contemplar —el verbo es justo— aquello que se esconde en el desierto hace que veamos al fin el desierto mismo.


Por ejemplo: una supuesta nacionalidad que no tiene ni 400 de sensibilidad visual no puede ver el Desierto Mismo. Es así de simple.

Al final alcanzamos La Restinga. Tomamos fotos con nuestra lira y paseamos por el pueblo justo a mediodía, cuando la diosa salpicaba sus pechos en el Mar de las Calmas. Calles vacías. Falúas durmiendo su siesta marina en la ensenada. Muchachos antiguos clavando sus morenos cuerpos en las aguas brillantes. Unos pocos extranjeros echados por los riscos del sol. El espectro de Tiresias nos tomó de la mano y nos guió. Vimos la realidad a través de sus ojos de hechicero.

Me acordé del poeta Melchor López. Me dijo cierta vez que en Canarias los poetas se hayan en una situación difícil. Sus poemas pertenecen todos a una gran elegía dedicada a un paisaje que casi sin nacer, ya ha había muerto.

Mientras andábamos un poco más antes de irnos, también recordé algo que escribió el poeta Seferis. Quise decirlo en voz alta, pero me salió otra cosa: «Donde quiera que vaya, Canarias me espanta».

Todo es relativo, lo sé. Por cada disparate de los hombres, la gran Diosa nos regala una visión hermosa del mundo. Aún es posible encontrar una Ogigia por donde cruza fugaz el pulpo antiguo bajo la mirada de Calipso. En La Restinga, la sabia Atenea nos ofreció la superficie iridiscente de las olas, los altivos volcanes varados en la costa, también una tribu de gatos que dormía en la casa de Creófilo, y por allí desfiló para nosotros un Poseidón hirsuto que bebía cerveza por toneles. No nos interesan los regalos de los arquitectos modernos, ni su realidad de edificaciones inhumanas. Preferimos mil veces la ceguera de Tiresias y contemplar en lo invisible las visiones de un sueño a mediodía.

martes 26 de mayo de 2009

LOS AEROPUERTOS, LOS PERIÓDICOS Y LOS ESPECTROS

No fui al TEA el 25 por la noche, ni hubiera acudido si mi estancia en la isla de Tenerife lo hubiera permitido, ni siquiera por maligna curiosidad. No para escuchar los enternecedores veredictos proferidos por el dúo Luis García Montero y Miguel Ríos.

La voz de la megafonía nos convoca. Pasajeros del vuelo 636 pasen por la puerta A2.

La Lyric Rock Band actuó —y no otra es la palabra— en uno de los salones del flamante Tenerife Espacio de las Artes y allí peroraron sobre un mejunje un tanto infecto de rock, poesía y Ángel González: un homenaje, se informa, al desaparecido tercero en concordia, al más estricto estilo compadre. Aunque tal vez, ahora que lo pienso, ninguno de los tres merece menos.

El periodista que me sirve para ahora redactar estas líneas apunta en su artículo: «Dos amigos, uno al lado de otro, elogiándose mutuamente fue el preámbulo a una sesión poética que…» Me pregunto a qué factotum de la cultura en Canarias instalado en los alrededores del TEA tuvo la ocurrencia de mandar a buscar a estos dos iniciados en las florituras del espectáculo y la autopropaganda disfrazada de homenaje. Machaco con los dientes un nombre esponjoso que me sale a la lengua… «Cris…»

Mientras embarco en el ATR-72 y arrancan los motores y las hélices giran con furia, me pregunto si es esto todo cuanto se puede pensar tras los muros de la benemérita institución tinerfeña por el bien de la cultura literaria y poética.

Al rato sobrevuelo el mar, las nubes en calma, dejo atrás la isla y me pierdo en los sures definitivos del Archipiélago. «No escriban como los poetas del siglo XVI —anunció al público el sabio poeta invitado—, sino para que estén a la altura de ellos». Mortífero aviso para navegantes que Montero se lanzaba a sí mismo y a su mesnada de bardos, supongo. No veo otra respuesta.

Si al menos llegaran a los talones de Boscán.

Continúo leyendo el artículo. Siento cómo el bimotor se adentra en las radiaciones solares del silencio y el ensueño. La azafata me sonríe tan amablemente: «¿Una chocolatina, señor?» Para chocolates estamos, guapa.

Pero esta mañana las lindezas no quedan ahí: los próximos invitados son nada menos que Joaquín Sabina y el escritor Benjamín Prado. Doy un respingo, me atraganto con el chocolate e impreco en voz baja. Poetas —con perdón— y cigarras del canto, troupe, sociedad limitada, art companies: ¡Ah, por ahí van las estrategias comerciales del arte, el negociete de la culturilla, el show cotidiano de los artistas!

Salta la señal luminosa. Debemos abrocharnos los cinturones. Descendemos. Paso la página de cultura. El ATR-72 se bambolea como un albatros viejo. En el tiempo que dura la acción infinita de pasar de página pienso que para una vez que le echo un vistazo a las noticias de cultura los dioses me deparan un festín de sapos.

Siguiente titular. Leo: «Cuatro autores canarios se encuentran en Cuba para participar en el XIV Festival Internacional de Poesía de La Habana, que reúne hasta el 30 de mayo a 371 poetas de 30 países. Se trata de Verónica García, Silvia Rodríguez, Antonio Puente y Fermín Higuera».

¿He leído bien? ¿371 poetas?

Suena una voz dulce, de angel que lo colma todo: «Señores y señoras, en breves momentos aterrizaremos en el aeropuerto de El Hierro…»

Deben ser todos los poetas de la bola del mundo, como decía el abuelo, una romería. ¿Entonces, los que no estamos invitados, qué somos?

El titular me arranca mis últimas palabras antes de volver a mi oculto trabajo de mileurista.

Dios mío, ya no pertenezco a este mundo, soy un espectro en un avión que cree estar leyendo un periódico.

jueves 21 de mayo de 2009

TRES POEMAS DE LEONARDO SINISGALLI












LA MÁS PRECIOSA BRISA

La más preciosa brisa del año
en el lugar más bello, entre la hierba
que otra vez ciñen los Elíseos.
Por visitar a los muertos
se ha puesto en marcha nuestra tribu:
hermanas sarracenas, sobrinos pelirrojos.
Arrastramos a gatos y cebollas
a la capilla donde que yacen
los restos de mi madre. Luego
nos recostamos, como para una cena,
alrededor del cuerpo disecado.
Rezan unos, los otros comen, y aquellos te lloran
madre. Otros ciñen con flores frescas
tu lecho de cenizas.


POETA EN LA CIUDAD

Qué vergüenza para vosotros
amigos victoriosos, esplendentes,
qué escarnio para vuestra jactancia
la desdicha y miseria de aquel hombre
ingenuo y torpe. Lorenzo Colagero
de Melicucá vino
a pediros misericordia
en nombre de la Poesía.
Arañó vuestra puerta
como un perro con sarna,
pero nadie le abrió.
Oh, los mezquinos y desconsolados
por el laurel que se marchita
en los áridos templos.
Son más avispados que sus pulgas.
Cuidan más sus palabras
perdidas, insensatas, olientes,
flores escogidas con guante,
que a las estrellas enojosas.


EN LA TABERNA DE TITO MAGRI
(A LA MEMORIA DE VINCENZO CARDARELLI)

Desciendo en el bochorno vespertino
por la cornisa estrecha de la sombra
de la Porta Pinciana y sus viviendas.
Brinco del sol a tu guarida.
Descansabas tus brazos sarmentosos
en la mesa de mármol,
sentado frente a un vaso,
el último bebido.
Inmóvil, mudo,
mirabas en los yesos de la calle
las sombras rápidas, los rayos
de la gracia fugaz y su líquida danza.
Cercado por las penas espiabas,
sin esperanza, el día,
o escuchabas la risa,
el sórdido trapiche del rufián.
Aquí, al fondo de esta gruta,
hablaste en serio a los amigos
como se habla a los muertos.

[Versión de F. L.]

miércoles 20 de mayo de 2009

LA POBREZA DEL VIDENTE




Ese segundo merece especial atención en unos tiempos en que se considera que es una hazaña espiritual infravalorar al pobre y despojarlo de la Buena Nueva. Frente a eso está la cuestión del segundo que eleva por encima de toda experiencia al poeta que se encuentra en su dudoso cuchitril. — La Tijera, ERNST JÜNGER


El trabajo poético consiste en horadar el interior de una montaña para encontrar una pepita de oro miserable en la veta más recóndita con la sola ayuda de un tenedor de mesa. Mínimas herramientas, en realidad, pobres herramientas, máxima dificultad —como apreció Valery— y, en sentido literal, incalculable valor del resultado.
La actividad poética guarda una relación más que secreta con la pobreza y sus variantes. El poeta posee pobreza, es rico en pobreza. El ámbito de sus conquistas espirituales es la pobreza. Descartemos a los místicos, por ahora.
En tiempos, Reiner María Rilke llegó a ser tan pobre que en ocasiones no tenía dinero ni para comprar papel en el que escribir. Para no olvidar los sabios consejos que Rodin le daba mientras paseaban cerca de los Inválidos, el poeta apuntaba con pasión en la manga de su camisa frases enteras del gran maestro escultor. Debía luego tener mucho cuidado con su asistenta, que le regañaba, y enjabonaba las camisas con rabia.
El poeta venezolano Antonio Trujillo, al que conocí hace muchos años, me confesó que el primer poema salido de su pluma acaeció durante una monumental borrachera. «Era pobre en aquella época —me dijo— y no tenía una libretica en que apuntar». Como pudo, escribió sus versos en la pared descascarada de un chamizo, y no con una pluma, por cierto, sino con un lápiz de carpintero del tamaño de una judía. Sólo pudo regresar meses después aquel poblaco tropical y lejano para transcribir su poema en un papel comprado nada más cobrar su primer sueldo.
Recordemos los poemas que Mallarmé escribía en papeles de liar tabaco, todo un símbolo de indigencia y, a la vez, futilidad.
También Henry Miller alimentó su mejor prosa con la paja seca de la pobreza. En su genial El coloso de Marusi narra sus peripecias de americano astroso en tierras griegas. Cierto día andaba sin un centavo por las calles. Iba con la idea de pedir algo prestado a unos amigos. De camino —así lo escribiría más tarde—, un mendigo hediondo se abalanzó sobre él y le pidió dinero. Miller explicó al vagabundo su desesperada situación, y éste, compungido, no tuvo más remedio que rebuscar en sus bolsillos rotos y dispensar al novelista sus últimas monedas.
Pensemos con el fiel puesto en «el gran escritor moderno», en dos de sus figuras oraculares y desarrapadas: Charles Baudelaire y Walter Benjamín. Ambos parecen surgidos de la pobreza y ambos se alimentan de ella hasta límites insospechados. Hasta los nebulosos límites de fuego en que la pobreza inyecta en sus espíritus el don de videncia. Uno vagando por las calles parisinas con apenas medio franco para subsistir un mes completo y el otro huyendo de la Gestapo y sobreviviendo en la soleada Ibiza gracias a la caridad de conocidos y lugareños. Tal vez el hambre y las drogas amables se conjuntaron para formar en estos genios la visión que atacaba desde dentro el sistema de pensamiento de su época. Es fácil de imaginar: la práctica de la poesía desde la indigencia oracular causa un placer infinito e íntimo.
La poesía posee ese raro vínculo con la penuria material: papel y lápiz es todo cuanto necesita el poeta. A veces, como se ha visto, siquiera eso. La memoria debería ser suficiente para su arte. La famosa pintura del artista romántico alemán Carl Spitzwg, «El poeta pobre», retrata con saña irónica la situación precaria del poeta, capaz de tolerar la indigencia material que le rodea en su buhardilla atrabiliaria, con tal de que le permitan seguir hipnotizado en el computo musical de sus pobres sílabas.
En su «Malte», Rilke nos habla de una doble pobreza: la que perseguía el pobre Malte como quien persigue su Némesis, una pobreza serena y creativa, y la que vivía de hecho el propio Rilke. En una carta enviada a sus amigos, el poeta se lamenta de su suerte. No tiene casa y, mientras, sus pocas pertenencias se pudren en desvanes de amigos. «Me habría conformado con un solo cuarto». Pero ese único cuarto de pobretón, habría hecho del joven Malte un poeta glorioso.
Podemos acabar del siguiente modo. Pocos meses después de llevar a término su «Malte», al cual Rilke se había dedicado por espacio de más de seis años de relativa pobreza, escribe en una carta la siguiente reflexión: «El arte es algo superfluo. ¿Acaso sirve el arte para curar heridas, puede quitarle la amargura a la muerte? No serena a los desesperados, no sacia a los hambrientos, no sirve para vestir a los desnudos». Y sin embargo, como él mismo escribió en sus Cartas a un joven poeta, en el arte le iba la vida.
Así es. Para nada de eso sirve el arte. De tal materia rutilante está hecha su pobreza. Acaso únicamente podamos consolarnos pensando que el arte es útil para preguntarnos por la naturaleza de la desesperación, por el hambre del espíritu y del estómago, por la duración de las heridas, por la presencia de la muerte entre nosotros.
Sólo preguntas y más preguntas, insidiosas preguntas.
Incluso en sus soluciones es pobre el arte de la poesía.

martes 19 de mayo de 2009

EXTREMOS A LOS QUE HA LLEGADO UNA PLAYA


Una relampagueante visita a mi barrio natal de la Playa de San Marcos, en Icod, ha bastado para hundirme una vez más en algunas de mis viejas disquisiciones: la inmoralidad del mal gusto y la lógica aplastante del beneficio. Contemplando la situación de este paisaje litoral, uno piensa como un atolondrado: «extremos a los que hemos llegado». En mi último paseo por San Marcos pude echarle un vistazo a la última obrita concejil en pago del manojo de votos favorables en las municipales pasadas: una fuente rotonda de estética estalinista y una cascada de aguas en diseño infantil. Creo que es la quinta vez que los lumbreras del Ayuntamiento transforman la rotonda en cuestión y la enésima que le meten mano a la ridícula rambla peatonal. El mal gusto es una fuente inagotable.
El espejismo venenoso que en los 80 los progresistas post-franquistas llamaron muy a la ligera «progreso» terminó calentando mentes y atiborrando bolsillos de individuos cuya idea de progreso social coincidía con su enriquecimiento personal y sálvese quien pueda. La morralla de tiburones locales que en aquellos años se forraron hasta las nalgas construyendo tres colosales mastodontes de cemento a pie de playa dio el pistoletazo de salida a una carrera codiciosa de construccionismo destructor que sólo puede calificarse de espeluznante. Que en aquellos años existiera o no una ley protectora del litoral en condiciones —ya que ninguna parece seria— exime menos a los políticos que a los alquimistas del hormigón. Nunca he podido dejar de pensar que ambos grupos de entonces y de ahora son los responsables morales de la decadencia de la única bahía digna de ese nombre en toda la vertiente norte de la isla de Tenerife.
Después de los tres edificios intolerables, monumentos vivos al pelotazo, en algún momento de los años 90, a unos próceres icodenses se les ocurrió plantar, otra vez en las entretelas del litoral, un club náutico aberrante que denigró el derecho de los ciudadanos a su dominio sobre la costa. Otra vez fue posible presenciar la connivente mudez y la inmoralidad de los políticos de turno que se frotaban las manos por debajo de la mesa. Con el paso del tiempo no ha quedado piedra por remover en la frágil bahía de San Marcos. Un espacio costero único en el norte de Tenerife que, por sus dimensiones, no daba para más de lo que era. Con la excusa del progreso a machamartillo, las casetas con techos de caña y sabor añejo se sustituyeron por unos mamotretos de cemento deprimentes que, a día de hoy, han sido abandonados. Se eliminó el muellito de piedra, una joya de la arquitectura portuaria tradicional, y se sustituyó por un bloque de hormigón grotesco con ínfulas de puerto.
Mientras tanto y sucesivamente, en el ala oeste de la playa se construyó un dique rectilíneo que cambió las corrientes internas de la bahía con consecuencias nefastas. Años después se suplantó por otro de prismas con forma circular que provocó la muerte de las algas y la fauna de los fondos del entorno. Por último decidieron despejar la zona en un ataque de ecologismo tardío. Ahora los más de 50 primas adornan el pie del acantilado.
El resultado de todas estas obras, llevadas a cabo en contubernio obsceno con los notables filósofos icodenses es el actual San Marcos: un monumento a la inmoralidad cuya simple visión produce náuseas.
La coqueta bahía, con sus aguas cristalinas y roquedos brillantes, con su muellito de basaltos pulidos y sus viejas casetas en las que la comida, ya sólo puede disfrutarse a través de fotografías viejas. Todo aquel encanto vendido y arruinado para siempre es la heredad que hemos recibido de nuestros Arencibias, nuestros Quinteros, nuestros Cheos y nuestros Diegos. La lógica tiburonera del cemento y de sus correveidiles políticos escasas veces se corresponde con el sueño de la responsabilidad, la prudencia y la conservación.
A menudo, cuando visito el lugar, me pregunto por la situación física que tendría San Marcos en una ilusoria ausencia de alcaldes y concejales, y bajo el poder y el arbitrio del pueblo. Imagino con tristeza que tal vez la bahía y sus aledaños naturales habrían desaparecido mucho antes. Pero justo por eso, porque alcaldes y concejales deben ser los que hagan respetar el espacio en que vivimos, el escándalo cometido en San Marcos es doblemente desgarrador y sangrante.

JORDI DOCE VISITA A ROBERT GRAVES EN DEIÀ

Me dijiste que habías visitado,
en aquella isla —estrechas
escaleras y rocas hasta mar,
la casa del poeta
dormida en una loma que brillaba.

«Aquí también el norte es griego… »

Así me habló de días luminosos,
con delirio, tu voz.
Y enseguida te vi
andando entre cipreses y a distancia
del resto de alemanes y britanos.

No ibas solo
girando con la sombra del sol en los jardines.
Las musas te seguían envolviendo tu sien.

La mano de tu mente se extendía
y en secreto apartabas los velos de las épocas
para ver las visiones
pintados por los muros de la casa.

Entonces quise estar contigo y vagar a tu lado,
y hablar de Píndaro,
soplar el caramillo en la sabina

—de todo, sacrificar cien veces

y reírnos.

La hora es propicia, amigo, te diría.
El verano ha posado su sandalia de fuego
en el umbral de espigas.

Es el hekatombaion, la karneia, los sacrificios.
Bajemos al mar blanco,
bailemos en la piedra de la Madre,
recordemos a Graves, dos veces muerto,
devoremos los frutos de la higuera.

Que hoy éste sea el centro del mundo y su conocimiento.

Que se alcen, en estas rocas
a punto de ser griegas, horómatas antiguos.

Que a nuestra lengua baje la voz del adivino.

jueves 14 de mayo de 2009

NÉMESIS MÍA


El orden es la ficción absoluta. Y ninguna otra invención intuitiva de su mente llegará ser una necesidad tan fundamental para la vida del hombre, y, substancialmente, para el escritor de poemas. Es, por decirlo así, la guía de los tiempos.

El sueño es aquello que, sin comprenderlo del todo, es vivido enteramente en todas sus dimensiones. Desde ese punto de vista, el poema es un sueño.

Lo que los físicos llaman, con razón, orden, no es más que una medida compensatoria a nuestra incapacidad física para contemplarlo todo de una forma global. Por eso el poeta ha creado la ficción absoluta.

La ficción consiste en transformar una realidad en un sueño.

Existe otra forma de ficción, una forma inversa, que consiste en transformar un sueño en una realidad. Esta es la operación del embustero, del farsante, del mendaz. Pero esta no es la idea de ficción que manejan los poetas.

De ninguna manera es aceptable la idea de que el poeta nunca habla con oscuridad. Dado que lo únicamente «oscuro» es aquella experiencia de contacto que le acontece al poeta cuando se halla en contacto con el orden del mundo, tal como quería Hölderlin. O con la ficción del orden del mundo.

Por muy débil o invisible que nos resulte su hilo argumental, un poema debe contar algo: posee personajes, situaciones, tempos y tiempos, escenas y, en general, todo el pequeño mundo de circunstancias que se forma alrededor de la palabra novela.

Sus personajes pertenecen a una gramática de imágenes superior.

Toda idea existente o que es susceptible de existir es ritmo, o está a punto de serlo.

Todo poema, por largo o corto que sea, es la expresión de un suceso condensado hasta el borde de su desvanecimiento.

Un poeta es un narrador con la tinta y el papel justos.

«Una vez alcanzado, el resto carece de importancia», dijo.

En esa lengua —dijo— el mensaje era siempre el mismo: el drama de un ser individual ante lo incognoscible. Es decir —respondió el otro—, la verdad de cada hombre. En efecto —replicó— por ello es preferible, como San Antonio de Pádua, predicar a los peces, que traicionar nuestro propio drama.

—¿Dónde se halla —preguntó— la función condensadora de la poesía?

—¿En su energía musical, tal vez? ¿No tachamos allí donde únicamente pensamos «esto no me suena bien»? O, ¿en su limpieza narrativa? ¿No decimos acaso: «Esta frase no aporta nada» y la destruimos?

«¿Usted por qué motivo escribe?», le preguntaron. Y contestó: «Porque deseo vivir enteramente mi propio drama».

En un gran poema, hay versos más importantes que otros ―no podemos comparar un verso inicial con uno de transición o con otro de cierre: sus funciones son diferentes y su tensor interior está afinado con energía diversa―, si embargo, escritos e insertos en su debido lugar, todos son indispensables y han de poseer una tensión equilibrada y justa.

No agregues adjetivos para superponer efectos. No vistas con túnicas estrafalarias a los sustantivos.

Los adjetivos no se mezclan como los colores. «Rojo» y «azu»l no producen «verde».

Del mismo modo que las metáforas, los adjetivos deben despertar la singularidad del sustantivo.

El término refinado en las calderas de Musil, «nachzügler», convendría tan bien para definir tu paseo de ayer por la Plaza si en verdad este lugar fuera la Cacania antigua. Solo andabas, después de pasar las lluvias vespertinas, pensando ibas, hablando entre dientes, pero de una manera tan perceptible que a cada tanto mirabas a tu alrededor por si pudiera ser que fuera mirado por alguien. Has salido a eso de las once, con la luz de las farolas que imitan una llama de gas, cuando la noche ya se había levantado, suave y perfumada, de entre hierbas y mohos. Qué dicha de repente, qué gloria entre tus amigos los árboles, las campánulas, las bombellas, los pandanos, los laureles, los plátanos del Líbano, los macrocarpas, la flor de dragón. Esta plaza que te ha acompañado por la vida, que apenas ha cambiado en estos treinta y cinco años de tu vida, con sus muros pintados en verano, sus balaustres de mampostería, con la iglesia blanca y el campanario alto, el cafetín y sus miserias y sus muertos. Ibas paseando por esta plaza, como otras noches, a esa hora en que nadie se atreve a desafiar la humedad celeste que se posa sobre el pueblo. Ibas paseando y has pensado que tu deseo máximo sería envejecer junto a esta plaza, que pudieras al menos, con el cuerpo tan decrépito como me fuera entregado por el destino, una vez más pasear sereno, como hoy. Sientes que todas estas cosas inmutables te acogen en un abrazo piadoso y eterno, y te sumen en un mecanismo inconsciente y deleitoso al que sólo pertenecen las estrellas, algo como un abrazo de clérigo rural capaz de redimirte y salvarte. Sólo una vez más, viejísimo, con un resto de memoria, un simple aliento de recuerdos antes de morir. Sí, así es. No te importaría morir aquí. Volver una tarde como esta, a tu paseo cotidiano, en tus ochenta años, con barba nevada y alargadas orejas, con tu paletó raído rozando el suelo, la bufanda arrollada y el sombrero negro. Tal vez aún, con algo suerte, con mi cigarro en los labios. Que pasearas así, acogido en este remanso de calma sublime, de humedades añejísimas y olorosas, de sombras camaradas que me han acompañado el tiempo entero, que andaras a trancas y barrancas, poco a poco, con enfermos pasos, pero solo aún, sin ayuda de nadie, con tu bastón servicial, y que en ese trance, la última vez, de pronto, te molestara la muerte un instante, como si con el dedo índice te tocara en el hombro, con levedad, casi con respeto, y dijera, «eh, don Francisco, ya he llegado, me oye, ya estoy aquí», y respondieras, «ah, es usted, doña Muerte, por fin nos visita, cuánto tiempo...» Y que de súbito, como si tú mismo lo concedieras, porque te placería y porque ya fuera la hora, te desplomara fingidamente, como para agradar a la vieja señora, sobre este empedrado frío y amoroso de la Plaza, y las ramas de todos tus amigos cuyos nombres recuerda, se inclinaran para ver al niñito viejo y delgado que se va muriendo allí, en el paseo de una plaza perdida en un pueblo olvidado de una isla sin nombre, y así, en esta sumisa tranquilidad universal, desearías alcanzar tu visión última, tus plantas compañeras, tus hojas de siempre, «Oh mis rostros», la Luna de mis padres, Venus de mi hermana, la sonrisa de mis abuelos en Casiopea, Titan mi tío Nines, y si entonces así, como en visión irreversible a tus ochenta años, los contemplaras a todos y con tu último aliento alcanzaras a decirles, «Hola, amores míos, mis queridos amantes inolvidables, a todos os quiero y a todos os llevo entre las manos de mi corazón, como si fuerais el pabilo de luz que alumbrara el camino postrero». Sí, sin duda. Eres, has sido y serás sin remedio, un «nachzüngler», un desfasado, un nacido a destiempo.